
Durante meses pareció una apuesta romántica. Un sueño tardío. El marketinero matrimonio entre Lewis Hamilton y Ferrari estaba cargado de simbolismo, pero los resultados no aparecían, más allá de alguna alegría en un Sprint. Hubo carreras discretas, problemas de adaptación y la sensación de que el británico, uno de los más veteranos de la grilla, necesitaría más tiempo para sentirse cómodo vestido de rojo. Pero este domingo, en el Gran Premio de Barcelona-Catalunya, todo empezó a encajar.
Hamilton ganó por primera vez como piloto de Ferrari y firmó uno de esos triunfos que pueden marcar un antes y un después en una temporada. El siete veces campeón del mundo aprovechó un Virtual Safety Car provocado por el despiste de Fernando Alonso (Aston Martin) cuando la carrera entraba en su tramo decisivo, ejecutó a la perfección una estrategia agresiva y terminó cruzando la meta por delante del Mercedes de George Russell y del McLaren de Lando Norris. Sí, el podio fue completamente británico, algo que no sucedía desde el GP de Estados Unidos de 1968 con Jackie Stewart (Matra-Ford) como ganador en el circuito de Watkins Glen, en Nueva York, seguido por Graham Hill (Lotus) y John Surtees (Honda).



