El Richmond, inaugurado en 1933, cerró definitivamente sus puertas. El tradicional
bar del centro, lugar de encuentro de generaciones, golpeado por la crisis que generó
la pandemia por el coronavirus, dejó de ser una de las opciones de los
catamarqueños.
A pesar de haber implementado una serie de estrategias para reponerse al cierre al
que se vio obligado por varios meses, no logró sobreponerse y los ingresos por la
escasa concurrencia determinaron el cierre.
La carga impositiva, la imposibilidad de afrontar los gastos para sostener el bar, la
falta de asistencia para que el local pueda continuar sobrellevando los golpes de la
crisis, generaron que los propietarios decidan el cierre definitivo.
A pesar del panorama, los doce empleados del Richmond fueron reubicados en otro
emprendimiento, propiedad de uno de los dueños.
Alejandro Luna, propietario del Richmond, comentó a El Esquiú.com: “Sí, cerramos.
Lamentable y tristemente cerramos. Es un resultado de toda esta situación que por
falta de empatía, de argumentos hacia la cantidad de obligaciones impositivas que
tenemos nosotros los dueños. Soy parte de un montón de decisiones que se venían
tomando y derivaron en cerrar”.
En relación con la asistencia que requieren para seguir adelante, señala que “sin
lugar a dudas, de hecho desde Fehgra (Federación Empresaria Hotelera
Gastronómica de la República Argentina), se está solicitando mucha ayuda, hay falta
de empatía, insisto con esto. No podemos tener la misma carga impositiva que la que
veníamos teniendo cuando trabajamos normalmente, creo que es un despropósito
todo lo que está sucediendo. El ver que no hay respuestas, sos una cabeza de grupo
que adquirís deudas a diario, es una responsabilidad enorme que termina siendo
nociva para uno mismo. La cabeza de un emprendedor que va detrás de un sueño y
tenés más contras, empezás a analizar la situación”.
En relación con el último tiempo del local, Luna relató: “Redujimos el horario
justamente porque se redujo el horario comercial y después de las 9 de la noche no
había nadie, entonces era prácticamente imposible generar una venta, en el
Richmond no trabajamos con delivery y tener a la gente ahí era complicado.
Empezamos a reducir horario en función de otras acciones ya tomadas, se reinsertó
la gente que estaba sin trabajar en otro local. La gente sigue trabajando. Todos los
empleados han sido reinsertados en el otro emprendimiento”.
Los consumos tras la cuarentena obligatoria bajaron considerablemente, según los
registros estadísticos del bar, la disminución de ingresos fue de un 70 por ciento,
“desde mi interpretación hablo, desde el Estado deben tener la idea que vía delivery
podemos resolver cómo éramos antes, es totalmente erróneo, no hay manera. Nos
reducen el 50 por ciento de las mesas, el cincuenta por ciento del horario, el delivery
nos da el 30 por ciento, y tenemos una carga impositiva que es igual al cien por
ciento, los números no cierran de ninguna manera, entonces deberías terminar
atacando al cliente aumentando los precios y el cliente decide”.
María, la última clienta
El martes a la noche, luego de saber y confirmar el cierre del local, María Susana
Benvenuto, reconocida clienta, pidió tomar el último café.
Desde su juventud, María era clienta permanente del Richmond, reuniones con
amigas, encuentros familiares y reuniones por diferentes motivos eran excusa para ir
al bar.
Hasta el cierre, el hijo de María, Santiago Di Mussio, prestaba servicio en la cocina
del tradicional bar céntrico, lo que la ligó aún más con el lugar y su gente.
“Con lágrimas, María recordó épocas de su vida en el local y manifestó su tristeza por
dejar de contar con su lugar”.