Aunque siempre me haya manifestado como un férreo defensor de los efectos prácticos a la antigua usanza, es imposible no reconocer el infinito abanico de posibilidades que el CGI —o, aún mejor, su combinación con VFX de toda la vida— ha ofrecido tanto a la gran como a la pequeña pantalla. Pero, como todo en esta vida, los efectos digitales también son un cúmulo de luces y sombras.

Las imágenes generadas por ordenador —Computer Generated Imagery en el idioma de Shakespeare— nos han permitido visitar épocas remotas y mundos imposibles, conocer a criaturas extraordinarias y sumergirnos en  batallas que trascienden los límites de nuestra imaginación; pero esta tecnología está abriendo paso a ciertas prácticas en las que la técnica queda eclipsada por los claroscuros éticos y morales.

Con esto último estoy refiriéndome a la resurrección de grandes estrellas de la interpretación a base de píxeles. Una tendencia que cada vez está tomando más presencia en la industria audiovisual y que ha vuelto a agitar la opinión pública después de conocer que el largometraje ‘Finding Jack’ traerá de vuelta a James Dean —o, más concretamente, a su versión digital— para protagonizar su cuarta película más de seis décadas después de su muerte.

Así fueron los orígenes del CGI en el cine: una revolución que empezó con ordenadores de 2 megas de potencia

Numerosos precedentes, pero radicalmente distintos

Por supuesto, esta no es la primera vez que una producción tira de CGI para traer de vuelta a un actor o actriz fallecido. En la holgada lista que ilustra esto se encuentran nombres como los de Peter Cushing‘Rogue One’—, Philip Seymour Hoffman‘Los juegos del hambre: Sinsajo. Parte 2’—, Paul Walker‘Fast and Furious 7’—, Oliver Reed‘Gladiator’— o Nancy Marchand‘Los Soprano’—; pero la de Dean es una cuestión muy diferente.

En todos los casos mencionados, cada resurrección se ve justificada por las necesidades derivadas de fallecimientos repentinos durante la producción del filme o serie en cuestión —Seymour Hoffman, Reed o Marchand—, por una honesta voluntad de homenaje —Walker— o por el regreso de un personaje icónico como el Grand Moff Tarkin de Cushing.

La única explicación aparente a la resurrección de James Dean no es otra que la simple y llana explotación comercial. Una maniobra desesperada para llamar la atención que se alinea con campañas publicitarias como las de Johhnie Walker, Galaxy o Dior, que utilizaron sin cortapisas la imagen de Bruce Lee, Audrey Hepburn y Marilyn Monroe —entre otras— para anunciar whisky, chocolate y perfume respectivamente.

Evaluando únicamente la premisa de ‘Finding Jack’, que se basará “en la existencia real y el abandono de más de 10.000 unidades caninas al final de la Guerra de Vietnam”, para contar la historia de un soldado que se convertirá en el mejor amigo de un perro labrador, todo apunta a que la decisión de “fichar” a James Dean está de todo menos justificada. De hecho, la explicación del codirector de la película es no haber encontrado ningún actor a la altura del papel.

Para más inri, la labor de la versión digital de la malograda estrella de la edad de oro de Hollywood no se limitará a un cameo puntual, sino que será el de dar vida —por así decirlo— al personaje secundario de mayor relevancia del libreto. Un auténtico disparate posible gracias la consentimiento —y, probablemente, a un más que jugoso acuerdo económico— con la familia de Dean.

El caso de ‘Finding Jack’ reabre con más fuerza que nunca el debate sobre la ética —o más bien la falta de ella— relacionada con esta praxis, radicalmente distinta tanto en efectos prácticos como morales a la del rejuvenecimiento facial de actores en activo, con la que comparte esencia; siendo esta última una herramienta actualizada que pretende sustituir al látex, el maquillaje o los parecidos físicos que tan buenos resultados le han dado a Mike Flanagan en su espectacular ‘Doctor Sueño’.

A falta de comprobar qué tal le ha salido a Martin Scorsese la arriesgada apuesta de hacer viajar atrás en el tiempo a De Niro y compañía en ‘El irlandés’, es más que evidente la falta de solidez a día de hoy de este tipo de técnicas —que suelen dar resultados bastante espeluznantes y antinaturales, todo sea dicho—. Pero, tal vez, el mayor sinsentido de su empleo en situaciones como la de Dean es que, al contrario que en los “liftings” CGI, no habrá nada del actor que sustente su actuación, tan sólo se aplicará una máscara digital sobre el rostro de un imitador.

Como suele decirse, poderoso caballero es don dinero, y no puede negarse que el equipo responsable de ‘Finding Jack’ ha sido harto inteligente para poner su proyecto en el radar sin necesitar tan siquiera una imagen promocional. Una nueva muestra de cómo la mercadotecnia está devorando al séptimo arte dando dentelladas cada vez más grandes, esta vez camufladas bajo la aparentemente revolucionaria forma de una pavorosa necrofilia cinéfila.