El shonen, esa ambigua demografía en la que se encuentran historias tan dispares como ‘One Piece’, ‘Dragon Ball’ o ‘My Hero Academia’, encuentra una sólida propuesta en ‘Kimetsu no Yaiba‘, una de las obras llamada a ser punta de lanza de la renovación de la editorial japonesa Shueisha. Eso sí, el anime que adapta el manga de Koyoharu Gotouge está cortado bajo el patrón habitual del shonen, por lo que no es complejo detectar sus códigos y entresijos.

La serie narra las desventuras de Tanjiro, un joven de un Japón feudal fantástico que se ve abocado a la venganza después de que un demonio acabe con toda su familia, a excepción de su hermana, Nezuko, también demoníaca y sedienta de sangre. El muchacho entrenará hasta convertirse en cazador de demonios, primero, en busca del culpable de la masacre, pero, sobre todo, para intentar revertir lo ocurrido con su hermana y volver a hacerla humana.

En una ambientación que sólo es atmosférica, pues apenas hay incidencia del lugar fuera de lo climático en ‘Kimetsu no Yaiba’, el anime descubrirá, paso a paso, un mundo de gran profundidad y mitología, donde resuenan universos fantásticos como ‘Hunter x Hunter’. Que la serie esté situada en el Japón Feudal sólo parece servir de excusa para el apartado artístico de la serie, el que, eso sí, es el aspecto más destacable de todo el conjunto.

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El hecho de que ‘Kimetsu no yaiba’ desarrolle todo su mundo en torno a construcciones homogéneas dentro del manganime no es necesariamente un inconveniente, si bien que su estructura, construcción de personajes o premisa pasen por lugares tan comunes y transitados puede provocar cierta reticencia. Al menos, aunque sea sin riesgo, las decisiones narrativas y argumentales del anime funcionan, porque lo llevan haciendo desde siempre.

Bajo el patrón habitual

Kimetsu No Yaiba 2

Kimetsu No Yaiba 2

Para los habituales de shonen que se extienden en el tiempo, es fácil reconocer la estructura narrativa de estas historias: un joven -rara vez es una mujer- se encuentra con un inesperado y poderoso inconveniente pero consigue sobrevivir. El protagonista, inexperto pero con un talento innato para el combate, entrenará y peleará para conseguir ser más poderoso y derrotar a enemigos tanto o más fuertes que el primero que apareció.

Hasta aquí, ‘Kimetsu no Yaiba’ encaja, aunque la crudeza del primer capítulo engañara. Con una construcción que parecía remarcar un dramático comienzo con la muerte y la sangre presidiendo el tono del anime, el episodio concluía con la revelación de que la hermana de Tanjiro se había convertido en demonio, pero el amor del protagonista parecía haber evitado que transmutara en una criatura malvada y sedienta de sangre.

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Mientras que el entrenamiento es habitualmente una de las partes iniciales -y más pesadas- del shonen, aquí la decisión es otra: sintetizar en el mínimo espacio de tiempo posible estos eventos para agilizar la narración. Una elección agradecida con el espectador pero que lejos está de gran innovación, además de resaltar con especial relieve el tono buenista que toma la serie respecto a un protagonista que, a pesar de la oscuridad de su contexto, no para de levantarse y luchar por un utópico concepto de bien.

Y es que la serie, según avanza, se confiesa plegada a todos los arquetipos del género: un poderoso y violento compañero, un atontado y tímido amigo que se desvela primero, leal y después, mortífero, un gran enemigo inalcanzable y completamente inserto en el mundo del que abusa… Y, por desgracia, estas repeticiones están hechas con parsimonia y reproducen patrones sin buscar nuevos focos de interés.

‘Kimetsu no Yaiba’: simplismo buenista

Kimetsu No Yaiba 4

Kimetsu No Yaiba 4

La crudeza del capítulo inicial se convierte en un espejismo quebrado según avanzan ‘Kimetsu no yaiba’, y termina diluyéndose en una ligereza que anticipó el inicio. En la primera pelea entre Tanjiro y Giyu Tomioka, los reclamos y aspavientos del segundo eran los que convirtieron al primero en un “aspirante digno”, y fue esa decisión argumental la que motivó una pobre resolución que, si bien funciona en sus inicios, termina desdibujándose hasta la parodia.

Es el caso del “mayor” enemigo al que el protagonista ha debido enfrentarse hasta la fecha, el demonio Kyogai, que, debido a su pobre construcción psicológica y, en especial, al empeño de la justificación moral de la que pecan muchos animes, termina convirtiendo lo que podría ser un conflicto entre distintas ideas de bien en un puzzle mal encajado de frases vacías.

De hecho, esta multidimensionalidad, tan característica en la animación japonesa televisiva, lastra incluso más el contexto que se va desvelando según la serie avanza, en una suerte de buenismo simplista y maniqueo. Una condena de la que, al menos, ‘Kimetsu no yaiba’ aún puede escapar según las decisiones que tome en su futuro: seguir plegada a los designios del género o liberarse de los arquetipos para explorar otras narraciones posibles.