Narrar el nacimiento del primer amor, el primer desengaño, el descubrimiento de la sexualidad son buenas formas de flirtear con el desastre. No solo son vivencias que cada espectador (y creador) tiene mitificadas en base a experiencias intrasferibles, sino que rebosan subjetividad. Los primeros amores nunca existieron tal y como se recuerdan porque en su inmensa mayoría están construidos en base a esos recuerdos, deformados por el tiempo, así como a miriadas de sensaciones. Retomarlos es entrar en un terreno resbaladizo.

Sin embargo, Philippe Lesage consigue en buena medida transmitir esa cosa inasible, esa sensación vaporosa de los primeros encaprichamientos gracias a unas cuantas decisiones creativas muy acertadas. Son estas las que convierten ‘Génesis’, su aproximación de transparente título al nacimiento del amor, en una celebración de las dudas, la espontaneidad y esa ciega devoción que lo empaña todo.

La primera de esas decisiones consiste en la peculiar arquitectura narrativa de la película: cuenta las historias de iniciación sentimental dos medio-hermanos. Uno de ellos es Guillaume (Theodore Pellerin), que se descubre enamorado de su mejor amigo. La otra es Charlotte (Noee Abita) que abandona a su novio cuando éste le insinúa que le gustaría intentar una relación abierta, e inicia otra con un chico mucho mayor. Rebosante de inocencia una, de falsa madurez la otra, ambas relaciones se nos cuentan por separado. 

Las historias de ambos no se cruzan, aunque sí lo hacen los caminos de sus protagonistas en un par de ocasiones. Son cruces puntuales y sin significado aparente: las dos historias podrían formar parte de una película episódica pero Lesage escoge entremezclarlas, y contarlas a la vez. No discurren paralelas, una no es el reflejo de la otra, pero se asemejan en que son dos formas de entender unos sentimientos a flor de piel a una edad muy concreta. 

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La película se cierra con una tercera narración que suma extrañeza al conjunto y también un aire de despreocupación y libertad narrativa. Se trata de una pequeña pieza absolutamente independiente de las otras dos, en la que seguimos un romance veraniego y fugaz del chaval que protagonizaba ‘Los demonios‘ (Edouard Tremblay-Grenier), la primera película de Lesage. Su indiscutible belleza formal, aunque está en perfecta sintonía con el resto de la película y simbólicamente rima con el título, no termina de empastar tan bien como las otras dos partes.

‘Génesis’: Así se empieza 

Lesage tiene el buen juicio también al no dar apenas antecedentes sobre los personajes de ‘Génesis’. Cuenta sus historias a vuelapluma, subrayando que solo le interesan sus presentes, precisamente en una etapa de la vida en la que solo importa el aquí y el ahora. Es una forma inteligente, sencilla y directa de subrayar la fugacidad e intrascendencia de estos primeros amores que, sin embargo, dan forma a todo un mundo emocional para sus personajes. 

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La observación de Lesage de la adolescencia y sus vaivenes es deliciosa. Detalles como el de Guillaume obsesionado con The Smiths y ‘El guardián entre el centeno’ no por tópicos son menos fidedignos: son las escuchas y las lecturas propias de esa edad, y Lesage lo dignifica con su observación sin juicios ni condescendencia. Y sin caer en la tentación del falseamiento que habría supuesto el dotar a Guillaume de unos gustos literarios y musicales más cool, más distinguidos, pero menos fieles a lo que es la banal adolescencia de todos y cada uno de los adolescentes del mundo.

Aunque la mirada de Lesage es apacible en la mayoría de los casos y lo filma todo a ras de suelo (quién no ha tenido un profesor faltón o un novio que te quiere enseñar cómo funciona el mundo), no renuncia también a giros en la trama de peculiar dureza y que rueda con elegancia pero sin excesivo maquillaje. Todo son piezas de un retrato de la adolescencia sin perfumes pero sin crudeza impostada. Al fin y al cabo, los primeros amores hay que recordarlos como creemos que fueron.