Los arqueólogos internacionales especializados en el mundo clásico siguen sin resolver el significado de la mano de bronce romana (siglo I d.C.) que empuña una espada con una excepcional águila de dos cabezas hallada hace ya trece años en el yacimiento romano de Lucentum (antigua Alicante).

De 6.110 gramos, 35 centímetros de largo y 11,2 de ancho, esta mano izquierda sostiene el pomo de una espada ceremonial con el águila bicéfala y es la única parte que se conserva de una escultura erigida a un emperador ataviado de militar (se desconoce quién) que se salvó de la refundición de los siglos posteriores debido, probablemente, a su valor como talismán.

Esta escultura lleva el característico anillo imperial con el trazo de un “lituus” (representa el bastón de los sacerdotes augures), debió medir unos 2,2 metros de altura y por su incalculable valor y singularidad el fragmento fue exhibido en la Sala del Trono (o de San Jorge) del prestigioso museo Hermitage de San Petersburgo (Rusia) con motivo del año ‘España en Rusia’ en 2011.

Posteriormente fue a Assen (Holanda) antes de también formar parte de una exposición antológica del Museo Arqueológico Nacional (MAN) de Madrid.

El director técnico del centro expositivo donde se exhibe, el Museo Arqueológico de la Diputación de Alicante (MARQ), Manuel Olcina, ha relatado que se trata de una pieza “única” y “sin paralelos” en el mundo romano por tener el águila bicéfala.

El significado desconocido de las dos cabezas

Hay numerosos ejemplos de águilas de una cabeza en el mundo romano pero “nunca de dos”, en palabras de Olcina, quien ha recordado que un águila bicéfala protagoniza el escudo de Rusia, pero no proviene de los romanos sino en la caída del imperio Bizantino, momento en el que los zares heredaron esta simbología.

A su vez, los bizantinos la habían tomado de los Selyúcidas musulmanes turcos y el único antecedente de este símbolo se halla en la civilización Hitita (dos mil años antes en la misma zona), aunque sin una aparente conexión directa con los romanos.

“Hemos presentado este ‘unicum’ (único en latín) en congresos internacionales y hemos consultado con decenas de colegas europeos y estadounidenses, y no hay nada parecido por lo que no sabemos qué significan esas dos cabezas de águila”, según el arqueólogo del MARQ, quien especula que podrían simbolizar dos poderes, dos legiones distintas o, incluso, Oriente y Occidente.

En todo caso, la comunidad científica no tiene claro a qué hace referencia, “y no poder interpretar el significado de esta pieza supone, para mí, una frustración”, ha confesado.

La mano con el águila bicéfala fue descubierta el 23 de marzo de 2005 (un Miércoles Santo) a un metro de profundidad en una excavación en el Tossal de Manises de la antigua Lucentum dirigida por Olcina y Rafael Pérez Jiménez, arquitecto de la Diputación y responsable de la conservación del yacimiento, al frente de un equipo de arqueólogos, restauradores, dibujantes, topógrafos, encargados y peones.

Los afortunados en toparse con ella y extraerla fueron los arqueólogos Antonio Guilabert y Eva Tendero; en un principio, los expertos internacionales dudaron de su autenticidad y pusieron en tela de juicio la procedencia y antigüedad, pero una vez acreditada la metodología científica de su extracción se abrió un nuevo debate para tratar de contextualizarla e interpretar el mensaje que se quería trasladar.

Se cree que se pudo fabricar en un taller de alguna provincia de la actual Italia, Grecia o Turquía, y “al ser el retrato oficial de un emperador, no puede ser una improvisación del artista sino que tiene que querer decir algo, seguramente un mensaje que fue repetido en otras obras que, quizá, estén por encontrarse”, según el director técnico del museo alicantino.

Otra aportación de la mano de Lucentum es que el característico gesto de los dedos del emperador, sujetando el pomo de la espada para que la hoja repose en el antebrazo, ha facilitado saber que era precisamente una espada lo que habrían llevado en un principio otras manos romanas halladas con la misma disposición pero que se han encontrado vacías, como la estatua acorazada de Sancti Petri (Cádiz), del siglo II a.C. 

Fuente: 20Minutos